Reinaldo Alberto Ávila Moreira: la memoria de un hermano que soñó con un mundo más justo

Noticias

María del Valle y Lidia del Valle Ávila Moreira, hermanas de Reinaldo Alberto Ávila Moreira, desaparecido durante la última dictadura cívico-militar, compartieron sus recuerdos en Villa Carlos Paz. Entre la emoción, el dolor y la necesidad de mantener viva su historia, reconstruyeron la vida de un joven solidario, comprometido con la militancia y con la lucha por una sociedad más justa.

“Él quería algo mejor para todos. A él le dolía muchísimo la pobreza. Era muy sensible. Él no quería ver pobres”, dice María del Valle Ávila Moreira, hermana de Reinaldo Alberto Ávila Moreira, víctima de la última dictadura cívico militar. 

¿Qué sería de nuestra patria CON los 30 mil?

Alberto es uno de los desaparecidos de Villa Carlos Paz. Fue estudiante en el IES (Instituto de Enseñanza Secundaria) y su rostro volvió a verse en la escuela, en el marco de un homenaje que la institución realizó el pasado 16 de septiembre, al cumplirse 50 años de la Noche de los Lápices. 

Allí también fueron reconocidos Jorge Carlos Molina Gómez y Ricardo Américo Apertile Narvaja, víctimas del terrorismo de Estado que también pasaron por las aulas del IES cuando cursaron sus estudios secundarios. En la escuela hay legajos y documentación que da cuenta de su paso por la institución. 

La recuperación histórica también se da en el marco de los 75 años de existencia del IES y que, a lo largo del año, ha desarrollado serie de acciones conmemorativas. 

“La historia real de la escuela nos muestra que el actual intendente es egresado del IES, que el anterior intendente, también lo fue. Que tenemos personas y personalidades en la política, en el turismo, en la gastronomía que han sido egresados del IES. Y también tenemos militantes, luchadores, políticos, presidentes de centros de estudiantes que fueron desaparecidos con el terrorismo de Estado. Ellos son también parte de nuestra historia”, destacó el director de la institución, Augusto Grosso Porciani. 

“Un corazón muy grande, muy solidario”

María y Lidia son las hermanas de ReinaldoAlberto Ávila Moreira y participaron del homenaje realizado en el IES. En diálogo con VillaNos Radio repasaron la vida de su hermano, su militancia política, la persecución que sufrió la familia y las marcas que dejó el terrorismo de Estado. Sus testimonios también pusieron en palabras una experiencia que atravesó a muchas familias de personas desaparecidas: la soledad, el miedo y la necesidad de que las nuevas generaciones conozcan lo ocurrido.

Para María, Alberto fue mucho más que un hermano mayor. En una familia atravesada por el esfuerzo cotidiano, asumió un lugar de acompañamiento y cuidado que marcó profundamente su infancia.

“Yo lo recuerdo como un hermano papá, porque mis padres trabajaban mucho. Mis padres siempre fueron personas muy sacrificadas por darnos algo a nosotros y nos dejaron mucho, gracias a Dios, sobre todo el ejemplo”, recordó.

Alberto la acompañaba en sus actividades, en sus actos escolares y en sus proyectos. “Yo quería cantar y él me decía: ‘Vamos’. Yo quería hacer algo y él: ‘Yo te acompaño’. Era muy compañero”, relató María.

Con el paso de los años, las conversaciones entre ambos se volvieron también espacios de aprendizaje político. “Aprendí mucho sobre lo que significó la Masacre de Trelew escuchándolo. Yo le preguntaba porqué hacía esto y él me explicaba. Él me decía que quería algo mejor para todos. Él no quería ver pobres. A él le dolía la pobreza. Le dolía muchísimo, era muy sensible. Con él aprendí mucho de su lucha. Conversábamos mucho”, recordó. 

Lidia, al ser más chica, no llegó a tener demasiadas charlas vinculadas a la participación política. Sí tiene bellos recuerdos de cuando Alberto estudiaba en la Universidad Nacional de Córdoba. 

“Cuando él estudiaba, vivía en Córdoba capital y venía a casa los fines de semana. Venía con todo su grupo de compañeros, no solo de la Facultad de Odontología donde él estudiaba, sino también de otras carreras. Venían estudiantes de Medicina y de otras especialidades. Se reunían y él sacaba su guitarra y cantaba. Eso me acuerdo siempre, siempre”, expresó Lidia.

La solidaridad y el compromiso social eran rasgos centrales de la personalidad de Alberto. María lo describió como una persona de “un corazón muy grande, muy solidario”, que estaba convencido de que era posible construir una sociedad más justa.

Entre los recuerdos que conserva, hay dos conversaciones que la marcaron. En una oportunidad, su madre le propuso reunir dinero para que pudiera irse, ante el peligro que corría. La respuesta de Alberto fue contundente: “Yo a mis compañeros no los dejo”.

En otra charla, María le preguntó qué esperaba de la lucha que llevaba adelante. La respuesta de su hermano adquirió un significado especial con el paso del tiempo: “Un día nosotros vamos a hacer bandera”.

“En ese momento no me sonó. Después, cuando empecé a ver marchas de estudiantes, de jubilados, de los derechos humanos, ahí dije: acá estás vos, esta es tu bandera. Ahí entendí por qué me dijiste que ustedes iban a hacer bandera”, recordó emocionada.

También permanece vivo el recuerdo de una guitarra que Alberto le regaló con la promesa de que aprendería a tocar. María nunca pudo cumplir aquel deseo, pero hoy sus nietos están aprendiendo música con ese mismo instrumento. “Me la pidieron para aprender con esa guitarra”, contó.

La militancia y el compromiso con los sectores populares

Las hermanas reconstruyeron la trayectoria política de Reinaldo a partir de su historia familiar y de su paso por la universidad.

La familia tenía una larga tradición de participación política. Sus abuelos, padres y tíos habían militado en el peronismo, y ese compromiso formó parte de la educación que recibieron desde pequeñas.

Alberto encontró en la Facultad de Odontología un espacio para expresar sus convicciones y profundizar su militancia. Allí llegó a ser presidente del centro de estudiantes. Luego fue construyendo una militancia vinculada a la búsqueda de transformaciones sociales. Militó en PRT-ERP y su tarea estaba vinculada al área de prensa.

María recordó que su hermano era consciente de los riesgos que enfrentaba. En una conversación le había manifestado que sabía que, si lo detenían, podían matarlo, porque se negaría a delatar a sus compañeros. “Me dijo: ‘Van a querer que yo delate y yo no voy a delatar’”, contó.

La desaparición y el comienzo de una búsqueda interminable

Reinaldo tenía 22 años cuando fue desaparecido. Su secuestro marcó el comienzo de una búsqueda familiar que estuvo encabezada principalmente por su madre, Lidia Moreira.

Las hermanas recordaron que la familia realizó denuncias, presentó recursos de hábeas corpus y acudió a distintas dependencias militares para exigir información sobre su paradero.

“Tenemos una carpeta enorme, con todos los recursos de hábeas corpus, ir al Comando del Tercer Cuerpo de Ejército, porque mi mamá anduvo mucho”, remarcó Lidia.

María del Valle y Lidia del Valle, hermanas de Reinaldo Alberto Ávila Moreira

Las respuestas oficiales negaban que Alberto estuviera detenido. Las comunicaciones que recibían eran formales y estaban firmadas, entre otros funcionarios, por el entonces ministro del interior de la dictadura, Albano Harguindeguy.

“Fue muy importante que los organismos de derechos humanos internacionales vengan y ayuden en eso. Recién ahí fue como que se empezó a visibilizar más todo lo que había pasado y a saberse un poco más”, recordó Lidia.

La desaparición de Alberto fue denunciada en la CONADEP. Su historia aparece mencionada en el libro “Nunca Más”. Su caso fue abordado en instancias judiciales vinculadas a los crímenes de la dictadura. Su madre estuvo presente en las audiencias, sosteniendo el reclamo de justicia.

Pero la búsqueda no se limitó a los tribunales. Durante años, la familia mantuvo la esperanza de que Reinaldo pudiera estar vivo en algún lugar. Las hermanas recordaron que su madre salía a la calle y miraba hacia todos lados, con la expectativa de encontrarlo.

El dolor de la desaparición se profundizó con las noticias que llegaban sobre el funcionamiento de los centros clandestinos de detención y las prácticas de exterminio.

El miedo como dispositivo de control social 

La desaparición de Reinaldo no fue el único episodio de persecución que sufrió la familia Ávila Moreira.

Pocos días después del secuestro de Alberto, integrantes del Comando del Tercer Cuerpo de Ejército, vestidos de civil, allanaron su domicilio en Villa Carlos Paz. Se llevaron detenido al padre de las hermanas y a una compañera de la facultad de Alberto que se encontraba en la vivienda.

La joven había llegado para retirar instrumental y colaborar con la familia en la presentación de recursos de hábeas corpus.

Lidia tenía apenas 12 o 13 años cuando vivió aquel episodio. Recordó que, mientras se encontraba en la planta alta de la casa, uno de los hombres subió para interrogarla sobre su hermano.

“Yo era una niña. Me empieza a preguntar de mi hermano: ‘¿Y tu hermano a dónde vive?’. Yo estaba ahí, descompuesta, y el tipo: ‘¿Y qué hace tu hermano? ¿Y dónde vive tu hermano?’”, relató.

Su padre fue liberado poco después. La compañera de Alberto, en cambio, permaneció detenida y fue víctima de torturas. Posteriormente, fue reconocida como detenida a disposición del Poder Ejecutivo y recuperó la libertad durante la dictadura.

Para las hermanas, esos episodios contribuyeron a instalar un miedo que se prolongó durante décadas. “Tenías miedo de salir a la calle, de decir algo. Teníamos miedo de un montón de cosas”, recordaron.

La persecución también afectó la vida cotidiana y los vínculos sociales. Durante los primeros años, ser familiares de una persona desaparecida implicaba cargar con el estigma social que construyó la dictadura. 

“Al principio, nosotros éramos la familia de un terrorista. Éramos como, más o menos, que teníamos una enfermedad que podíamos transmitir”, recordó María.

Ese señalamiento alcanzó incluso a sus padres. Su padre, contó, tardó muchos años en poder hablar abiertamente de su hijo hasta que un médico le expresó su reconocimiento. “Le dijo que estaba orgulloso de saludar al papá de un héroe. Y eso le cambió el chip a mi papá completamente”, relató.

Las hermanas señalaron que, mientras algunos vecinos y amigos del barrio continuaron acompañándolas, en Villa Carlos Paz sintieron mucha apatía y desinterés por lo sucedido. 

Para ellas, el miedo nunca desapareció por completo. Incluso después del retorno de la democracia, persistieron las recomendaciones de cuidarse, avisar dónde estaban y evitar situaciones que pudieran ponerlas en peligro.

“Cuídense, no salgan solos, avisen dónde están. Si les pasa algo, griten su nombre para que sepamos, griten quiénes son”, recordaron que les decían.

María explicó que esas experiencias también influyeron en la manera en que crió a sus hijos. Nunca pudo transmitirles una confianza plena en las fuerzas de seguridad. “Siempre les dije: tengan cuidado de la policía”. 

La igualdad como una bandera que continúa

Durante el encuentro en el IES, las hermanas agradecieron especialmente la organización de la actividad y por el espacio de escucha que les brindaron.

La emoción estuvo atravesada por el reconocimiento y por la posibilidad de compartir la historia de Alberto con jóvenes. “Uno por ahí se siente solo en esto. O que quizás la gente ya se olvidó. Pero actos como este te dan esa inyección de qué él está presente. La verdad, fue muy emotivo y lo agradecemos de corazón”, dijo Lidia. 

La familia Ávila Moreira junto a los directivos del IES, en el entrega de documentación institucional

A casi medio siglo de la desaparición de Reynaldo, sus hermanas continúan sosteniendo la memoria de su vida y de sus convicciones. Lo hacen desde los recuerdos familiares, desde la transmisión a sus hijos y nietos y desde cada espacio en el que pueden contar quién fue aquel joven que soñaba con un mundo sin pobreza.

La bandera de la que hablaba Alberto sigue presente en sus luchas y en el compromiso de quienes trabajan para que las nuevas generaciones conozcan la historia reciente, defiendan los derechos humanos y mantengan vigente el reclamo de memoria, verdad y justicia.

Historias recuperadas

Para esta recuperación histórica el IES encaró un fuerte trabajo documental. En los archivos de la institución constan los legajos de Reinaldo Alberto Ávila Moreira, Jorge Carlos Molina Gómez y Ricardo Américo Apertile Narvaja, víctimas del terrorismo de Estado. 

La profesora de Historia Rocío Gonzalez Amaya remarcó que hubo una fuerte articulación con el Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba y del Memorial Presentes, que reúne documentación sobre personas desaparecidas y víctimas del terrorismo de Estado.

“Queremos que los jóvenes no encuentren al terrorismo de Estado como una cosa alejada y distante, sino que puedan ver, incluso con sus rostros ahí, cómo están presentes en nuestra institución y cómo el terrorismo de Estado atravesó a todas las comunidades”, explicó la docente. 

Jorge Carlos Molina Gómez: desapareció la noche del 28 de diciembre de 1977 en la ciudad de Villa Carlos Paz, Córdoba. En ese momento tenía 25 años. Esa noche, Jorge salió de su casa con rumbo desconocido. El último dato concreto es que cargó combustible en una estación de servicio de Villa Carlos Paz. Se movilizaba en un auto Fiat 125 de color rojo. No hay información sobre si el vehículo fue encontrado.

Ricardo Américo Apertile Narvaja: Nació el 24 de diciembre de 1954 en Villa Carlos Paz, provincia de Córdoba. A los 20 años de edad, fue secuestrado el 3 de diciembre de 1975 en el barrio Jardín de la ciudad de Córdoba junto a otros ocho estudiantes universitarios (en su mayoría de nacionalidad boliviana).Al día siguiente, el 4 de diciembre, el grupo fue trasladado y fusilado en la ruta camino al Dique Los Molinos. El crimen fue perpetrado y adjudicado por el Comando Libertadores de América.

Reinaldo Alberto Ávila Moreira: nació el 25 de mayo de 1954 en Joaquín V. González, provincia de Salta. Realizó sus estudios primarios en el Chaco y la escuela secundaria en el Instituto de Enseñanza Secundaria (IES) de la ciudad de Villa Carlos Paz, Córdoba. 

En 1973 ingresó a la Universidad Nacional de Córdoba para estudiar Odontología, donde se destacó como presidente del centro de estudiantes y referente político. Militó en el PRT-ERP. Fue secuestrado en su domicilio ubicado en el barrio Rosedal de la ciudad de Córdoba el 3 de diciembre de 1976. Tras su captura, fue llevado al Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio La Perla, lugar en el que permaneció cautivo y donde continúa desaparecido.